CRÍTICA DE:
'Un viaje alucinógeno. Los nazis, la CIA y las drogas psicodélicas', de Norman Ohler: LSD, medicamento, arma, estupefaciente
ENSAYO
En 2016, se publicó un extraordinario libro del periodista alemán: 'El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich'. Ahora ha retomado la cuestión, ampliando algunos flecos de aquella obra
Entrevista a Jordi Canal

La editorial Crítica publicó, en 2016, la traducción de un espléndido libro del periodista alemán Norman Ohler: 'El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich'. Tres líneas, aparentemente contradictorias, articulaban la trama. Primeramente, la prohibición y persecución, tras la toma del poder por ... los nazis en 1933, de las drogas, que habían proliferado en la Alemania derrotada y deprimida de posguerra.
En segundo lugar, el uso a gran escala de la metanfetamina (Pervitin) y otras drogas por parte de la 'Wehrmacht'. Por último, el creciente recurso de Hitler, en especial a partir de 1937, a las 'inyecciones de fuerzas' y estupefacientes varios, compatibilizados con su vegetarianismo y apología de lo sano. El nacionalsocialismo, concluía el autor, «fue, literalmente, tóxico».
ENSAYO
'Un viaje alucinógeno'

- Autor Norman Ohler
- Editorial Crítica
- Año 2024
- Páginas 266
- Precio 22,90 euros
Ohler ha retomado más recientemente la cuestión, ampliando algunos flecos de aquella obra. El doble punto de partida se sitúa al término de la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, los servicios secretos estadounidenses se hicieron con los documentos de las experimentaciones alemanas con drogas para el control de conciencias, incluyendo las de Auschwitz y Dachau, y las prosiguieron.
De otro, el enervante caos del Berlín de posguerra llevó al oficial norteamericano responsable de estupefacientes en la zona a proponer una adaptación de la legislación y estructura prohibicionista nazi, que su jefe en el Federal Bureau of Narcotics, Harry J. Anslinger, intentó mundializar en la ONU. Iban a fundamentar más adelante la denominada 'war on drugs', rígidamente desplegada desde los setenta.
El auge del LSD entre la juventud en los sesenta y el peligro de que «pensara cosas extrañas» terminó con su criminalización
'Un viaje alucinógeno' contrapone la evolución de las investigaciones sobre el LSD (dietilamida del ácido lisérgico) para su uso como fármaco y como arma, hasta que las segundas se impusieron y frenaron el desarrollo de las demás. Fue en los laboratorios de la farmacéutica Sandoz, en Suiza, en donde los experimentos de Arthur Stoll con el cornezuelo del centeno dieron prometedores resultados a partir de 1918. La aislación de un alcaloide, la ergotamina, se convirtió en la base de exitosos medicamentos para hemorragias posparto y migrañas. La empresa se expandió y Stoll devino su director.
En Sandoz siguieron experimentando, con especial afán en la nueva época bélica. El brillante Albert Hoffman consiguió en 1943, tras años de nuevos trabajos con el cornezuelo y el ácido lisérgico, el LSD, que caracterizaba como la sustancia más fuerte del mundo. El potencial curativo para trastornos mentales era enorme. En la empresa existía el convencimiento, sostiene Ohler, de estar «a punto de desarrollar uno de los medicamentos más prometedores de la historia de la humanidad».
Las relaciones entre el inescrupuloso Stoll y Richard Kuhn, notorio bioquímico del Tercer Reich, sin embargo, propiciaron la llegada de las noticias y las sustancias en cuestión a los nazis, obsesionados en la búsqueda de «sueros de la verdad».
Una inquietante visita, en 1953, de agentes estadounidenses a Stoll, con mucho dinero de por medio, presiones y amenazas, concluyó con la retirada por parte de Sandoz de la solicitud de aprobación del LSD como medicamento. El interés de las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia por estas sustancias, estimulado por el conocimiento de las experimentaciones nazis —y la colaboración de Kuhn— y los avances de Sandoz, cerraron una vía prometedora en el terreno médico-farmacéutico. Y fortalecieron otra, la de arma en interrogatorios, que conllevó numerosos estudios en el campo de la conciencia y experimentos secretos en humanos, en el marco del siniestro programa MK ULTRA.
Sin preverlo, popularizaron y estimularon las sustancias psicodélicas —también la flamante psilocibina, con el 'boom' de los hongos—. El auge del consumo de LSD entre la juventud en los sesenta y el peligro de que «pensara cosas extrañas» terminó con su criminalización. De ahí que acabara convirtiéndose, hasta hoy mismo, en una droga prohibidísima, frustrando todas las expectativas, asegura Ohler en esta encuesta a ratos fascinante y siempre sugestiva —con el alzhéimer materno siempre en mente—, de una sustancia farmacológica potencialmente utilísima.
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